Lo bueno de la vida es encontrarse con un papel en blanco o con un blanco, si a eso llamamos a una parte de un diario o una revista donde no hay nada, entre tanto barullo, vamos a sospechar. Todo lo que es blanco está para ser llenado? Es la pregunta. Le tenemos miedo al blanco o al vacío y por eso directamente preferimos no encontrarnos con él, sería como si al cruzar por la calle nos encontráramos con un abismo.
Pues bien, el blanco nos hace tímidos, porque lo somos por naturaleza en un territorio al que no nos acercamos demasiado, pero todo es cuestión en empatía en el universo y de puntos de encuentro.
Tomemos una hoja en blanco y veremos que inmediatamente se crea un punto de encuentro, y si podemos ir llenándolo, podemos escribir por los costados y dejar el centro libre, arriesgar un dibujo, traducir onomatopeyas…
Sofìa
viernes, 9 de enero de 2009
jueves, 8 de enero de 2009
Las palabras
Las palabras son pequeñas palancas,
pero no hemos encontrado todavía su punto
de apoyo.
Las apoyamos unas sobre otras
y el edificio cede,
Las apoyamos en el rostro del pensamiento
y las devora la máscara.
Las apoyamos en el río del amor
y se van con el río.
Y seguimos buscando su suma
en una sola palanca,
pero sin saber qué queremos levantar,
si la vida o la muerte,
si el hecho mismo de hablar
o el círculo cerrado de ser hombres.
Roberto Juarroz
pero no hemos encontrado todavía su punto
de apoyo.
Las apoyamos unas sobre otras
y el edificio cede,
Las apoyamos en el rostro del pensamiento
y las devora la máscara.
Las apoyamos en el río del amor
y se van con el río.
Y seguimos buscando su suma
en una sola palanca,
pero sin saber qué queremos levantar,
si la vida o la muerte,
si el hecho mismo de hablar
o el círculo cerrado de ser hombres.
Roberto Juarroz
martes, 6 de enero de 2009
Taller de Verano
El escribir es transmitir un pensamiento, una idea, una historia, una emoción, en palabras. Es dejar nuestra mirada sobre lo que nos rodea o lo que está más allá de nosotros. Es un hecho estético, artístico, una necesidad que crece dentro de nosotros. La expresión cultural es un esfuerzo del hombre por comprenderse a sí mismo a través de un lenguaje, en este caso, la escritura.
La idea del taller es compartir lo que escribimos y lo que leemos, conocer las herramientas que el lenguaje nos otorga para narrar un cuento o escribir una poesía. Cada persona tiene un estilo propio, por ello no se imponen estilos, se trabaja para que el material que cada uno traiga al taller salga lo mejor posible. ¿De qué manera? En varias etapas: la etapa inicial o volitiva, donde ramos rienda suelta a la emoción y una segunda etapa reflexiva, donde aplicamos técnicas, recursos, atajos . Esto se logra con la ayuda de nuestros compañeros del taller, con los libros o la experiencia de otros autores, manuales de estilo, etc y, por sobre todo, con ayuda de nosotros mismos. Así, compartimos formas de decir y de leer, para cada integrante serán diferentes y, esa diferencia bien lograda dará el marco participativo indispensable para aprender disfrutando de lo que se hace.
Se trabaja también en el marco de la promoción de la lectura y en la circulación permanente de material entre los participantes.
Para más información
sofiasacchetti@yahoo.com.ar
crepuscultor@yahoo.com.ar
La idea del taller es compartir lo que escribimos y lo que leemos, conocer las herramientas que el lenguaje nos otorga para narrar un cuento o escribir una poesía. Cada persona tiene un estilo propio, por ello no se imponen estilos, se trabaja para que el material que cada uno traiga al taller salga lo mejor posible. ¿De qué manera? En varias etapas: la etapa inicial o volitiva, donde ramos rienda suelta a la emoción y una segunda etapa reflexiva, donde aplicamos técnicas, recursos, atajos . Esto se logra con la ayuda de nuestros compañeros del taller, con los libros o la experiencia de otros autores, manuales de estilo, etc y, por sobre todo, con ayuda de nosotros mismos. Así, compartimos formas de decir y de leer, para cada integrante serán diferentes y, esa diferencia bien lograda dará el marco participativo indispensable para aprender disfrutando de lo que se hace.
Se trabaja también en el marco de la promoción de la lectura y en la circulación permanente de material entre los participantes.
Para más información
sofiasacchetti@yahoo.com.ar
crepuscultor@yahoo.com.ar
miércoles, 3 de septiembre de 2008
El regreso del viento

Inspirado en la sensación de los antiguos navegantes ante los
peligrosísimos océanos, Cordwainer Smith imaginó pequeñas
astronaves que, con inmensas velas, se desplazan por el espacio
como los veleros terrestres en el mar.
En algunos de sus cuentos las naves interestelares, que tienen
velas metálicas del tamaño de continentes, surcan el espacio impulsadas
por el viento solar. En el centro de esas enormes alas de metal
desplegadas en la oscuridad, una pequeña cabina contiene al navegante
encargado de conducir la carga de un lado al otro del universo.
Detrás de la cabina de mandos, flotan miles de ataúdes donde viajan,
en vida suspendida, los pasajeros estelares.
Los primeros navegantes habían salido casi
cien años atrás, con pequeños velámenes de
no más de tres mil kilómetros cuadrados. El
tamaño de las velas fue creciendo poco a poco.
La técnica de empaque adiabático y el transporte
de pasajeros en cápsulas individuales
acrecentó el índice de seguridad. Fue una gran
novedad cuando llegó un navegante, un hombre
que había nacido y crecido bajo la luz de
otra estrella. Era un hombre que había pasado
un mes de agonía y de dolor, trayendo unos
pocos colonos congelados, guiando la inmensa
nave de vela impulsada por la luz, y que
había recorrido los abismos interestelares en
un tiempo objetivo de cuarenta años.
La humanidad vio por primera vez a un navegante.
Tenía algo de plantígrado en el modo
de caminar, y el movimiento del cuello era
brusco, rígido, mecánico. No era ni joven ni
viejo. Había estado despierto y conciente durante
cuarenta años, gracias a la droga que
permitía un limitado estado de vigilia. Cuando
los psicólogos lo interrogaron, primero
para informar a los Instrumentos y luego para
los Servicios de Noticias, fue bien claro que
esos cuarenta años le habían parecido un mes.
Nunca se ofreció para volver, pues había envejecido
realmente cuarenta años. Era un
hombre joven, y tenía esperanzas y deseos de
hombre joven, pero había consumido la cuarta
parte de una vida humana en una única y
angustiosa experiencia.
peligrosísimos océanos, Cordwainer Smith imaginó pequeñas
astronaves que, con inmensas velas, se desplazan por el espacio
como los veleros terrestres en el mar.
En algunos de sus cuentos las naves interestelares, que tienen
velas metálicas del tamaño de continentes, surcan el espacio impulsadas
por el viento solar. En el centro de esas enormes alas de metal
desplegadas en la oscuridad, una pequeña cabina contiene al navegante
encargado de conducir la carga de un lado al otro del universo.
Detrás de la cabina de mandos, flotan miles de ataúdes donde viajan,
en vida suspendida, los pasajeros estelares.
Los primeros navegantes habían salido casi
cien años atrás, con pequeños velámenes de
no más de tres mil kilómetros cuadrados. El
tamaño de las velas fue creciendo poco a poco.
La técnica de empaque adiabático y el transporte
de pasajeros en cápsulas individuales
acrecentó el índice de seguridad. Fue una gran
novedad cuando llegó un navegante, un hombre
que había nacido y crecido bajo la luz de
otra estrella. Era un hombre que había pasado
un mes de agonía y de dolor, trayendo unos
pocos colonos congelados, guiando la inmensa
nave de vela impulsada por la luz, y que
había recorrido los abismos interestelares en
un tiempo objetivo de cuarenta años.
La humanidad vio por primera vez a un navegante.
Tenía algo de plantígrado en el modo
de caminar, y el movimiento del cuello era
brusco, rígido, mecánico. No era ni joven ni
viejo. Había estado despierto y conciente durante
cuarenta años, gracias a la droga que
permitía un limitado estado de vigilia. Cuando
los psicólogos lo interrogaron, primero
para informar a los Instrumentos y luego para
los Servicios de Noticias, fue bien claro que
esos cuarenta años le habían parecido un mes.
Nunca se ofreció para volver, pues había envejecido
realmente cuarenta años. Era un
hombre joven, y tenía esperanzas y deseos de
hombre joven, pero había consumido la cuarta
parte de una vida humana en una única y
angustiosa experiencia.
Cordwainer Smith
(no me acuerdo de donde lo saqué, perdí el rastro de la nave, si quieren les mando el pdf que está imperdible por los dibujos que tiene)
domingo, 31 de agosto de 2008
El mundo de Dostoievski
Uno de los pilares de nuestro plan de lectura es Dostoievski y en particular “Los hermanos Karamazov”.
Para algunos, incluso para mí, la lectura de esta obra es un poco tediosa, si tenemos en cuenta que la literatura actual no nos demanda mucho trabajo.
En los Karamázov la atmósfera está todo el tiempo cargada de pensamientos, idas y vueltas, donde el egoísmo, la ingratitud, el tedio, el odio, el resentimiento, el amor aparecen uno tras otro hasta hacernos caer en la cuenta que no hay nada más real que esa descripción, nada de lo que allí sucede no sucede aquí. Ningún personaje es unidimensional.
A los lectores se nos hace difícil “encasillar” a los personajes, justamente porque nuestro devenir mental es, también, contradictorio y esquivo y elude parecerse a ellos, al menos en el plano consciente.
Si bien para mí la lectura de esta obra es trabajosa, creo que es indispensable conocerla y entrar en ella. La lectura de Dostoievsky es una marca en la lectura, un antes y un después.
Leyendo algunas notas sobre la obra de Dostoievsky me encontré con algo escrito por Octavio Paz*:
Dostoievski fue uno de los primeros – tal vez el primero – que se dio cuenta del nihilismo moderno… el nihilismo moderno no desemboca ni en la impasibilidad filosófica ni en la beatitud de la ataraxia; más bien es una incapacidad para creer y afirmar algo, una falla espiritual más que una filosofía. El verdadero nihilista no danza ni ríe, va de aquí para allá sin poder jamás descansar pero también sin poder hacer nada.
Está condenado a dar vueltas, hablando con sus fantasmas. Su mal es una continua insatisfacción, un no poder amar a nadie ni a nada, una agitación sin objeto, un disgusto ante sí mismo.
Sin embargo, Dostoievsky quiere escapar del nihilismo por la afirmación y la alegría, su respuesta se da en personajes como Dmitiri Karamazov o Aliosha, la respuesta, para él, no está en la filosofía sino en la vida. La refutación al nihilismo es la inocencia de los simples.
En su mundo hay santos y criminales, idiotas y genios, mujeres piadosas y niños que son ángeles atormentados por sus padres. Mundo de criminales y justos; para unos y otros están abiertas las puertas del reino de los cielos. Todos pueden salvarse o perderse.
A diferencia de Flaubert, James o Proust, las ideas son reales para él, pero no en sí mismas sino como una dimensión religiosa de la existencia.
Las novelas de Dostoievsky son parábolas religiosas y su arte está más cerca de San Pablo, San Agustín y Pascal que del realismo moderno. Al mismo tiempo, por el rigor de sus análisis psicológicos, su obra anticipa a Freud y, en cierto modo, lo trasciende.
Debemos a Dostoievski el diagnóstico más profundo y completo de la enfermedad moderna: la escisión psíquica, la conciencia dividida. Su descripción es, simultáneamente, psicológica y religiosa.
*El Correo de la Unesco – Página 22 – Una profecía de nuestro tiempo
ataraxia.
(Del gr. ἀταραξία, imperturbabilidad).
1. f. Fil. Imperturbabilidad, serenidad.
Para algunos, incluso para mí, la lectura de esta obra es un poco tediosa, si tenemos en cuenta que la literatura actual no nos demanda mucho trabajo.
En los Karamázov la atmósfera está todo el tiempo cargada de pensamientos, idas y vueltas, donde el egoísmo, la ingratitud, el tedio, el odio, el resentimiento, el amor aparecen uno tras otro hasta hacernos caer en la cuenta que no hay nada más real que esa descripción, nada de lo que allí sucede no sucede aquí. Ningún personaje es unidimensional.
A los lectores se nos hace difícil “encasillar” a los personajes, justamente porque nuestro devenir mental es, también, contradictorio y esquivo y elude parecerse a ellos, al menos en el plano consciente.
Si bien para mí la lectura de esta obra es trabajosa, creo que es indispensable conocerla y entrar en ella. La lectura de Dostoievsky es una marca en la lectura, un antes y un después.
Leyendo algunas notas sobre la obra de Dostoievsky me encontré con algo escrito por Octavio Paz*:
Dostoievski fue uno de los primeros – tal vez el primero – que se dio cuenta del nihilismo moderno… el nihilismo moderno no desemboca ni en la impasibilidad filosófica ni en la beatitud de la ataraxia; más bien es una incapacidad para creer y afirmar algo, una falla espiritual más que una filosofía. El verdadero nihilista no danza ni ríe, va de aquí para allá sin poder jamás descansar pero también sin poder hacer nada.
Está condenado a dar vueltas, hablando con sus fantasmas. Su mal es una continua insatisfacción, un no poder amar a nadie ni a nada, una agitación sin objeto, un disgusto ante sí mismo.
Sin embargo, Dostoievsky quiere escapar del nihilismo por la afirmación y la alegría, su respuesta se da en personajes como Dmitiri Karamazov o Aliosha, la respuesta, para él, no está en la filosofía sino en la vida. La refutación al nihilismo es la inocencia de los simples.
En su mundo hay santos y criminales, idiotas y genios, mujeres piadosas y niños que son ángeles atormentados por sus padres. Mundo de criminales y justos; para unos y otros están abiertas las puertas del reino de los cielos. Todos pueden salvarse o perderse.
A diferencia de Flaubert, James o Proust, las ideas son reales para él, pero no en sí mismas sino como una dimensión religiosa de la existencia.
Las novelas de Dostoievsky son parábolas religiosas y su arte está más cerca de San Pablo, San Agustín y Pascal que del realismo moderno. Al mismo tiempo, por el rigor de sus análisis psicológicos, su obra anticipa a Freud y, en cierto modo, lo trasciende.
Debemos a Dostoievski el diagnóstico más profundo y completo de la enfermedad moderna: la escisión psíquica, la conciencia dividida. Su descripción es, simultáneamente, psicológica y religiosa.
*El Correo de la Unesco – Página 22 – Una profecía de nuestro tiempo
ataraxia.
(Del gr. ἀταραξία, imperturbabilidad).
1. f. Fil. Imperturbabilidad, serenidad.
jueves, 28 de agosto de 2008
Editores, buenos lectores
Los invitamos a suscribirse en forma GRATUITA al boletín electrónico “Editores, buenos lectores” de la editorial Tercero en discordia.
Se trata de una publicación mensual que brinda información útil y notas de interés sobre todo el proceso de edición, diseño, impresión y encuadernación de publicaciones a todos aquellos… amantes del libro, editores, escritores, diseñadores gráficos, libreros, imprenteros, estudiantes de letras, edición, diseño, artes gráficas, bellas artes y todas aquellas personas que sientan curiosidad por el mundo de la edición de publicaciones de todo tipo.
Escribir a: boletín@terceroendiscordia.com.ar
Para descargar números anteriores visitar: www.boletinterceroendiscordia.blogspot.com
Se trata de una publicación mensual que brinda información útil y notas de interés sobre todo el proceso de edición, diseño, impresión y encuadernación de publicaciones a todos aquellos… amantes del libro, editores, escritores, diseñadores gráficos, libreros, imprenteros, estudiantes de letras, edición, diseño, artes gráficas, bellas artes y todas aquellas personas que sientan curiosidad por el mundo de la edición de publicaciones de todo tipo.
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martes, 26 de agosto de 2008
Apuntes de Marcelo Di Marco en su libro "Hacer el verso" (altamente recomendado)
Escribir es darle lugar al que lee
Bien decía Novalis que ciertas palabras le corresponden al lector y no al poeta. Por ejemplo, no gano nada si digo:
Me siento insignificante
pero sin embargo tengo grandes esperanzas.
¿A quién le importo escribiendo de este modo? Tal vez a mi terapeuta, al cura o a algún amigo preocupado por lo que yo siento.
Sucede que no es lo mismo ser simple que ser simplote. Ser claro en poesía no significa, apenas, que a uno lo “entiendan clarito”. No debemos confundir concisión y claridad con un mero telegrama, seco y soso:
Me siento insignificante
pero sin embargo tengo grandes esperanzas.
En literatura las cosas no funcionan de esa manera lisa y chata: el verdadero toque poético lo lograré transmitiendo con palabras realmente expresivas esa mezcla de “insignificancia y esperanza”, si es eso lo que quiero decir. Y por “expresivo” entiendo aquello que se atiene al juego de toda comunicación: expresar es, siempre, un “para”. Lo que expreso sale de mí —o, mejor dicho, pasa por mí— “para” llegar al otro. En todo caso, la oración “Me siento insignificante pero sin embargo tengo grandes esperanzas” es una resultante, un corolario que debería correr por cuenta del lector, que así se encargaría de reponer —de completar, digamos— lo que el artista dejó latiendo, implícito, en el discurso.
Convengamos que no es lo mismo decir, como todo hijo de vecino:
Me siento insignificante
pero sin embargo tengo grandes esperanzas.
que, como Fernando Pessoa en el arranque de su “Tabaquería ”:
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Moraleja: la literatura se hace de a dos.
47. Mixtura fina
Hace unos diez años leí cierta encuesta que me llamó la atención. No recuerdo qué medio les preguntaba a los escritores del momento cuáles eran las palabras más bellas de nuestro idioma. Creo que las palmas se las llevó “crepúsculo”, o algún término parecido…
A mi entender, el asunto es una reverenda tontería. No existen palabras más o menos bonitas que otras. Baste observar con detenimiento los tan “bellos” términos que usa Fernando Pessoa en la lección de humildad que citamos en la nota anterior:
Ser.
Nada.
Nunca.
Poder.
Querer.
Aparte.
Eso.
Tener.
Sueños.
Mundo.
La poesía no precisa más que de palabras. Palabras a secas. Palabras “comunes” como las de Pessoa , o “primorosas” como las de Lugones:
El cerro azul estaba fragante de romero,
y en los profundos campos silbaba la perdiz.
El secreto está en la fusión, en la amalgama de realidades divergentes, incluso contrapuestas, que logra el poeta. Esta convergencia de elementos me recuerda a los componentes de una escultura móvil: al entrechocarse azarosamente, se proyectan hacia una zona insospechada de la sensibilidad, creando así otra realidad (paradójicamente ideal, abstracta). Piensen en ese par de versos de Lugones, por poner un ejemplo: en apenas dos líneas el poeta nos ha bombardeado la vista, el olfato y el oído. ¿Y cómo debemos leer lo de “profundos campos”? Sin duda, en una profundidad que trasciende lo paisajístico.
La belleza de las palabras dependerá de que el poeta y el lector las combinen en una dimensión otra, pero común a los dos. Una divergencia convergente, diríamos. El lenguaje de la poesía consiste en eso. Por tal camino iba César Vallejo cuando afirmaba que para renombrar la realidad no era necesario encontrar nuevas palabras sino nuevas metáforas.
Entre la mera crónica y lo poético hay un abismo. Si el arte fuera igual que la vida, no tendría razón de existir.
Marcelo Di Marco
Bien decía Novalis que ciertas palabras le corresponden al lector y no al poeta. Por ejemplo, no gano nada si digo:
Me siento insignificante
pero sin embargo tengo grandes esperanzas.
¿A quién le importo escribiendo de este modo? Tal vez a mi terapeuta, al cura o a algún amigo preocupado por lo que yo siento.
Sucede que no es lo mismo ser simple que ser simplote. Ser claro en poesía no significa, apenas, que a uno lo “entiendan clarito”. No debemos confundir concisión y claridad con un mero telegrama, seco y soso:
Me siento insignificante
pero sin embargo tengo grandes esperanzas.
En literatura las cosas no funcionan de esa manera lisa y chata: el verdadero toque poético lo lograré transmitiendo con palabras realmente expresivas esa mezcla de “insignificancia y esperanza”, si es eso lo que quiero decir. Y por “expresivo” entiendo aquello que se atiene al juego de toda comunicación: expresar es, siempre, un “para”. Lo que expreso sale de mí —o, mejor dicho, pasa por mí— “para” llegar al otro. En todo caso, la oración “Me siento insignificante pero sin embargo tengo grandes esperanzas” es una resultante, un corolario que debería correr por cuenta del lector, que así se encargaría de reponer —de completar, digamos— lo que el artista dejó latiendo, implícito, en el discurso.
Convengamos que no es lo mismo decir, como todo hijo de vecino:
Me siento insignificante
pero sin embargo tengo grandes esperanzas.
que, como Fernando Pessoa en el arranque de su “Tabaquería ”:
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Moraleja: la literatura se hace de a dos.
47. Mixtura fina
Hace unos diez años leí cierta encuesta que me llamó la atención. No recuerdo qué medio les preguntaba a los escritores del momento cuáles eran las palabras más bellas de nuestro idioma. Creo que las palmas se las llevó “crepúsculo”, o algún término parecido…
A mi entender, el asunto es una reverenda tontería. No existen palabras más o menos bonitas que otras. Baste observar con detenimiento los tan “bellos” términos que usa Fernando Pessoa en la lección de humildad que citamos en la nota anterior:
Ser.
Nada.
Nunca.
Poder.
Querer.
Aparte.
Eso.
Tener.
Sueños.
Mundo.
La poesía no precisa más que de palabras. Palabras a secas. Palabras “comunes” como las de Pessoa , o “primorosas” como las de Lugones:
El cerro azul estaba fragante de romero,
y en los profundos campos silbaba la perdiz.
El secreto está en la fusión, en la amalgama de realidades divergentes, incluso contrapuestas, que logra el poeta. Esta convergencia de elementos me recuerda a los componentes de una escultura móvil: al entrechocarse azarosamente, se proyectan hacia una zona insospechada de la sensibilidad, creando así otra realidad (paradójicamente ideal, abstracta). Piensen en ese par de versos de Lugones, por poner un ejemplo: en apenas dos líneas el poeta nos ha bombardeado la vista, el olfato y el oído. ¿Y cómo debemos leer lo de “profundos campos”? Sin duda, en una profundidad que trasciende lo paisajístico.
La belleza de las palabras dependerá de que el poeta y el lector las combinen en una dimensión otra, pero común a los dos. Una divergencia convergente, diríamos. El lenguaje de la poesía consiste en eso. Por tal camino iba César Vallejo cuando afirmaba que para renombrar la realidad no era necesario encontrar nuevas palabras sino nuevas metáforas.
Entre la mera crónica y lo poético hay un abismo. Si el arte fuera igual que la vida, no tendría razón de existir.
Marcelo Di Marco
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